Zalomán begins
Señoras y señores, niños y niñas, malhechores de todo el mundo... ha llegado el día.
camino de la fosa de Las Marianas
Señoras y señores, niños y niñas, malhechores de todo el mundo... ha llegado el día.
Ayer estuve en el futuro y me acordé del abuelo de 'La buena vida', la película de David Trueba:
Él y Ella han quedado a las 8 de la tarde en la otra esquina de la ciudad. A las 8:23 siguen en casa:
Hoy hace 20 años de la matanza de la plaza de Tiananmen, en Pekín.
No voy a meterme en comentarios políticos, sociodemográficos o, directamente, militares. No entiendo mucho de esas cosas y por lo tanto prefiero no meter la pata. Pero sí es verdad que aquello se me quedó grabado en la memoria a fuego. Era Junio del 89: el Ayatollah Jomeini se iba con su barba a mejor vida, yo aprobaba con cierta soltura 1º de BUP y en la lejana China, allí donde un tío con bolsa de supermercado se ponía delante de unos tanques, un chico que tendría escasos 20 años yacía en el suelo de una oscura plaza con la cabeza abierta y sus sesos desparramados tres palmos más allá.
Señores gobernadores de China. Les puedo asegurar que esa imagen no se me quitará jamás de la mente. Y ahora, si hay huevos, me censuran este post.
Saludos.
Ya nos queda un poquito menos para volver a donde estábamos. De aquí a la Champions es un pasito de ná... de ná...
Estoy en casa con una laringitis tremenda (lamentablemente, laringitis no es el nombre de la vecina del quinto, sino una enfermedad). Bueno, la cosa es que he ido al médico y me ha recomendado reposo, unos antibióticos y no hablar durante 48 horas. Después he ido a la farmcia y, tras mostrarle al dependiente las recetas, me ha dado una caja de pastillas y una bocina. Cada vez que la hago sonar me traen dos huevos duros.
Aunque no es para alegrarse que otra gente sienta lo mismo que yo por esta ciudad, al menos reconforta saber que no se está loco... ni solo. Os dejo un enlace al blog del grandísimo Lagrand: Amaneceres y otros como yo
Me paro un rato a leer el periódico, para ver si ya hoy se acaba el mundo o tenemos unos días aún de plazo, y me encuentro con una foto a cuenta de un acto público del señor Camps, a la sazón presidente del gobierno autonómico valenciano. Pero no me llama la atención el hecho de que salga al lado de un hombre con maletín, lo cual, en su situación, no deja de ser al menos irónico. Ni siquiera me choca el hecho de que Camps lleve un supuesto carísimo traje con la corbata torcida. Y ya me deja totalmente indiferente su sempiterna cara de... bueno, de... de eso que siempre tiene cara el Sr. Camps.
No, lo me me tiene alucinado es que el tío del maletín no encuentra mejor sitio ni ocasión para arrimar cebolleta. Es que ya no les vale con ser corruptos a estos tíos, son un manual de cómo tomar un atajo al infierno, los muy salidos...
En mi oficina han cambiado el papel de secarse las manos en el baño. Ahora lo compran en la misma ferretería en la que adquieren el papel higiénico desde hace tiempo, el cual está, dentro de la escala Rockwell de rugosidad, justo por debajo de la lija madera 15.
No aguanto más. Cuanto mayor soy, más me convenzo de lo malo que es el forofismo en el fútbol o en cualquier otro deporte. A pesar de ser del Oviedo (que hoy día es algo así como reconocer que te haces pis en la cama, pero que es normal), yo siempre he tenido cierta simpatía por el Real Madrid, el cual despedía para mí cierto halo de nobleza. Lo que me doy cuenta ahora es de que esa impresión la tenía por la tele. Desde que vivo en Madrid, os aseguro que no hay peor cosa que hablar de fútbol con un abonado del Bernabéu. Una cosa es ser forofo y otra muy distinta es ser ciego, ordinario e irrespetuoso. Todos los días, llegando al trabajo tengo que escuchar las mismas gilipolleces acerca del rival de turno. En este caso, como podéis imaginaros, es el FC Barcelona. Los días antes del partido de liga tendría que haberlos grabado hablando, para ponerles el vídeo una y otra vez el lunes después y darles un bote de ketchup y pan para acompañar la ingesta de todas las tonterías que habían dicho. Pero no, en vez de callarse elegantemente y reconocer las cosas, se dedican a decir que sus jugadores son una panda de maricones y que si llega a estar Juanito le rompe las piernas a Messi nada más empezar, pero que ahora ya no hay futbolistas como aquellos y bla bla , rebla.
Pues para qué quieres más. Ayer el Barça se mete en la final de Champions como se mete y hoy ya he oido en media hora tal cantidad de gilipolleces de boca de los madridistas que estoy por irme a casa y dejar descansar mis oidos y mi sentido común. Que sí, que el árbitro se equivocó porque no pitó un par de penalties... igual que Essien acabó el partido después de intentar tronchar por la mitad a Iniesta mientras que Abidal se fue a la caseta (y quedó fuera de la final) por una faltita del montón. Que los árbitros son malos lo sabemos todos, del mismo modo que todos sabemos que los que dicen que fue un robo no darían una a derechas si les dan un pito y los meten en ese campo a arbitrar entre 22 jugadores profesionales. Pero reconozcamos que se equivocan unos días para un lado y otros para otro. Y que ayer, por fin, la equivocación se puso del lado del que juega al fútbol. Y juega a las mil maravillas.
P.D.: Lo triste de todo esto es que, si yo viviera en Barcelona, probablemente escribiría esto mismo de los culés. Por eso cada vez me gusta más no ser de ningún equipo.
Ni que decir tiene que si es usted alérgico, una de dos: o pase de largo o tráigase las drogas duras...
Si pretende usted pasarse unos días de vacaciones en Madrid, como van a hacer los vividores del COI (la envidia me corroe, reconózcolo), aproveche ahora: acaban de empezar las dos únicas semanas de buen tiempo que hay al año en esta ciudad.
Llega la operación bikini (también denominada operación "a-ver-cómo-me-las-apaño-para-esconder-las-lorzas-en-la-pijcina-sin-ahogarme") y tengo el santo remedio: La dieta del yogur caducado.
Mi ordenador es tan lento que juro que entré aquí a escribir algo y mientras conectaba se me ha olvidado. Por completo.
Sucedióme el lunes pasado, al despuntar el alba, singular suceso que vino a turbar mi sentido, mas no mi alma, y que a continuación paso a describir con total objetividad y apego a la realidad de los hechos.
Estando yo sentado y adormecido a bordo del infernal invento denominado Metro Ligero Oeste, probable antecesor de la cuádriga si por su funcionamiento hemos de juzgarlo, viajaba frente a mí una lozana joven de simpar belleza y donosura. Quiso el azar, o su inexperiencia en semejante medio de locomoción, que viniera ella a incorporarse de su asiento un segundo antes de que el conductor accionara el mando del freno con su habitual maestría, es decir, como enfermo de Parkinson al sufrir un calambre. Vínose entonces la muchacha, en todo su esplendor, sobre mí apolíneo cuerpo y hubo de asirse con sus inmaculadas manos en los broncíneos músculos que componen mi torso. Azorada, se deshizo en disculpas mientras se llenaba de mi afrodisíaco aroma animal, el cual a buen seguro aún la envuelve en mil y un abrazos de gaseosas caricias.
Tres días hace del romántico incidente y mi amor por ella no decrece. Imbuido en una mezcla de ilusión y desesperanza, tres días también hace que recorro la línea del metro con un ramo de rosas en la mano, a la espera de encontrarme de nuevo en su presencia y darle en bandeja de plata mi corazón, suyo por siempre para el resto de nuestras convergentes vidas. Mas no doy con ella, sin duda alguna secuestrada esa misma noche en una alta torre almenada, a manos de algún impío dragón de oscuras intenciones. No cejaré en mi empeño hasta liberar su cuerpo y su corazón de tan lúgubre tormento, dando así rienda suelta al torbellino de amorosas pasiones que el destino nos ha reservado.
A ti voy, amada mía…
Carlos Nonato
[A continuación se ofrece al lector la transcripción sucinta de la descripción del mismo suceso por parte de la susodicha señorita a una amiga suya, nada más pisar la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales esa mañana:
“Tía, qué vergüenza, acabo de caerme encima de un menda en el metro por la mierda del freno de los cojones. Le pillé por el brazo para no pegarme la hostia y fue como agarrar un arbusto seco. Y encima se me ha pegado un olor a cebolla que no me lo quito ni pa dios, tía, qué asco…”]
Escribo este mensaje codificado desde la nave Uranus 4ME en singular viaje de exploración por el interespacio estelar. Si me lees, oh amigo extraterrestre, has de saber que mi misión es en son de paz. Detrás de mí ya vendrán los US Marines y de esos ya no respondo...
V
¿Por qué hay tíos que van de metrosexuales por la vida y después son capaces de ponerse una camisa verde pistacho con una corbata negra de lunares rosas? Pensé que me estaba haciendo viejo, pero entre el cutresexual y dos impresentables que me encontré esta mañana en el metro me han convencido de que ya estoy senil perdido.
El jueves pasado me enteré de que han cerrado el Movie, en Oviedo. Quizás no fuera el mejor bar del mundo, pero me gustaba. En él pasé muy buenos momentos. Otra cosa más a la lista de los buenos ratos que no volverán y a los que ya sólo se podrá echar de menos.
Está claro que la raza humana evoluciona. En qué dirección es algo que está por ver, pero desde el Australopithecus hemos cambiado un poquito. No sólo en volumen craneal, mucho mayor ahora (de lo cual este humilde presentador es patente ejemplo, cual chupachups andante), o en pérdida de vello corporal (aquí este presentador sí conserva, para excepción de la regla, la peluda epidermis de sus antepasados del valle del Rift), sino también en cómo nos interrelacionamos con nuestro medio. Es obvio que no vemos, sentimos ni pensamos acerca de las cosas que nos rodean como podían hacerlo hace 2 millones de años. De aquella no existían las facturas…
Pero a su vez, todo hombre sufre su propia evolución a través de las edades a las que le toque en suerte llegar. Tras una primera etapa, centrada en el crecimiento óseo (Homo Berrinchis), llega otra dedicada al crecimiento glandular (Homo Erectus). Esta segunda etapa supone un punto diferenciador, entre los que se quedan estancados ahí para siempre y los que, aún luchando por seguir siendo Erectus, se ven abocados a un nuevo cambio y desembocan en el Homo Currantis.
A nivel físico, el Homo Currantis se asemeja al ya extinguido en nuestras latitudes Homo Esclavis. Aún conservando la postura bípeda, se produce un ligero encorvamiento dorsal debido a las labores cotidianas que, a pesar de ser bien diferentes de las del Esclavis, le llevan el mismo tiempo y le otorgan el mismo aspecto general degradado. Esporádicamente, renace el carácter Erectus que ha ido dejando atrás, pero a base de grandes esfuerzos y, con frecuencia, de forma no natural.
Sin embargo, la gran evolución (o involución, según se mire), surge en el aspecto psicológico y de comportamiento. Donde antes el sistema límbico cerebral daba sencillas órdenes basadas en las necesidades primarias de todo mamífero (comer, dormir y reproducirse o hacer como que se quiere reproducir), ahora se dan una serie de nuevas interconexiones cerebrales provocadas por un córtex malfuncionante por sobrecarga de información. Todo esto parece complicado, pero lo veremos perfectamente en su aplicación al devenir diario del protagonista de nuestro capítulo de hoy.
El Homo Currantis se caracteriza por tener dos funciones principales, excluyentes entre sí: trabajar fuera de casa y trabajar en casa, para lo cual dispone de un máximo de 24 horas diarias. Las funciones caseras eran antes de la evolución realizadas por algún otro miembro de la tribu, lo cual le permitía seguir siendo Homo Erectus sin mayor inconveniente. Sin embargo, el desarrollo de nuestro protagonista le lleva en la actualidad a acumular ambas disciplinas en su persona. Como ya desde su etapa de Erectus su escasa capacidad le impedía realizar dos tareas a la vez, el estrés inherente a intentar compaginar sus funciones actuales sin menoscabo de su eficacia lleva a nuestro protagonista a sufrir una especie de cortocircuitos neuronales, provocando una transitoria pérdida de atención, equilibrio, funciones corporales o, incluso, conocimiento.
El ejemplo podría ser éste: el Homo Currantis se encuentra en pleno día en una importante reunión de su tarea 1 (trabajo fuera de casa). Un montón de señores encorbatados discuten acerca de un importante proyecto en una sala en la que un proyector dibuja en la pared gráficas de toda forma, color e incomprensibilidad. Nuestro hombre se concentra la máximo en seguir el hilo argumentativo de un individuo de cara muy seria y traje impecablemente planchado. De repente, sin previo aviso, su cerebro sufre un brusco giro de engranajes y entrecruza información de su tarea 2 (trabajo en casa): se acuerda de que se ha olvidado de sacar el pollo a descongelar para el guiso de esta noche. Esto se traduce físicamente en una torsión del gesto facial, similar a la que se produce cuando se huele un pedo ajeno, acompañado de una honda inspiración. Durante no más de 5 ó 10 segundos, la concentración neuronal pierde su foco, pero es en ese preciso instante cuando el individuo del traje pregunta: “Nonato, ¿puede usted confirmarnos este extremo?”. En las siguientes 7 décimas de segundo, se suceden una serie de curiosas reacciones físicas y neuronales. Una rápida subida de tensión arterial acude al rostro del Homo Currantis mientras su cerebro intenta olvidarse del pollo y rebobinar en el subconsciente para intentar encontrar algún registro subliminal de lo que se ha hablado en la sala 10 segundos antes. Así, por los ojos ahora vidriosos de nuestro protagonista se suceden vertiginosamente las imágenes de la gráfica de la pared, tres contramuslos de pollo entrando y saliendo sin parar de un congelador en rewind / fast forward y el individuo del traje mirándole fijamente en calzoncillos.
[Fundido a negro que en EE.UU. sería un paso a publicidad. Se abre desde negro]
El Homo Currantis, la 3ª etapa de la evolución humana. El Homo Currantis ha llegado a ese estado tras no pocas vicisitudes, no todas deseadas, a lo largo de su corta e intensa vida. Pero se halla ahora en un momento crítico que puede suponer una inflexión en su ya de por sí complicada existencia. En una fría sala de reuniones, un cortocircuito neuronal le lleva a una delicada situación y en la mente del Currantis se suceden vertiginosamente las imágenes de una gráfica de datos en la pared, tres contramuslos de pollo entrando y saliendo sin parar de un congelador en rewind / fast forward y un individuo antes trajeado mirándole fijamente en calzoncillos.
En el caso de los menos evolucionados, puede producirse aquí un colapso que le lleve a inhabilitarse para su tarea fuera de casa. Volverá entonces al seno de la tribu y sufrirá una involución que le llevará de nuevo al Homo Erectus, aunque ya con ciertos tintes verdes en el rostro. Por otro lado, está el Homo Currantis más evolucionado, el que ha sabido ir sorteando las trampas de la madre naturaleza y que ha adquirido la destreza necesaria para sobrevivir en un medio tan hostil:
“Ssssssssi… aproximadamente,… pero lo revisaré de todos modos. Mándeme un mail y esta misma tarde se lo confirmo…”.
Nuestro Homo Currantis ha dado otro paso dentro de su periplo evolutivo. Seguirá recorriendo el planeta durante 30 años más, con suerte, hasta poder evolucionar a su cuarta y definitiva fase: El Homo Retornaris u Hombre de Vueltadetodo.
Tengo en casa un conejo de esos negros, peludos y que huelen mal. Y si estás pensando en verde es que no me conoces bien. Se llama Calcetines porque tiene las pezuñas blancas, aunque tiene el buen gusto de no llevar chanclas. Sin embargo, no hago carrera de él. Hace tiempo ya desistí en mi intento de hacerle saltar un aro en llamas. La semana pasada me rendí en la sencilla tarea de que me trajese las zapatillas cuando llego a casa. Ni siquiera levanta la patita. Estoy ahora recurriendo a sus más primitivos instintos de mamífero: me pongo delante de él, le miro fijamente y bostezo. No hay ser vivo que se resista a eso. Excepto Calcetines. Ni un asomo de abrir la boca, nada.
Leí una vez que hay animales que nunca aprenden nada, nacen ya con toda la información que necesitan para sobrevivir. Su córtex cerebral es nulo, todo se reduce a una acción-reacción ejecutada mecánicamente según las órdenes de su primitivo bulbo raquídeo. Los conejos deben ser de esos. Sus ojos mandan información y el cerebro la procesa para dar las órdenes subsiguientes: "¿Parece un conejo? Fóllatelo; ¿Parece una galleta? Cómetelo; ¿No parece un conejo ni una galleta? Pon pies en polvorosa".