jueves, 30 de junio de 2005

La sombra de Sandokán es alargada (3)

Morgue del Tanatorio del Malacca Hospital
Melaka
21 de Junio
2:17 horas

Una vez que abandoné aquel nido de piratas, volví al centro y allí alquilé un coche. Me pareció sorprendentemente barato, hasta que vi que se trataba de uno de estos carritos con dos barras en los cuales un señor delgadito y pálido corre tirando de otro señor orondo de traje blanco y sombrero que va sentado en la cestita mientras se seca el sudor con un pañuelo moquero. También advertí que en este caso el vehículo se me suministraba sin fuerza motora, es decir, no lo traía ningún señor que corría. Me advirtieron en la agencia que eso ya entraba dentro de la catalogación de “taxi” y no tenían licencia para ese tipo de alquileres. Cuando les comenté que era una chorrada que me dieran ese vehículo para que yo tirara de él comentaron que era cierto, que suelen alquilarlo parejas en las que él le da un romántico paseo a ella y quince minutos más tarde acaba llamándola gorda y que por eso tenían un despacho con un abogado matrimonialista para redondear el negocio cuando les devolvían el vehículo. Por aquello de la diversificación empresarial, ya se sabe.

Sin embargo, en ese momento entró por la puerta un señor orondo de traje blanco y sombrero que se secaba el sudor con un pañuelo moquero. Sin darle tiempo a dar las buenas tardes, le ofrecí mis servicios como taxista por el doble del precio que me había costado el carrito. Si es que soy un tío con unos reflejos mercantiles verdaderamente dignos de envidia y así podría disponer de algo de líquido para mis gastos. Le pareció baratísimo y aceptó. Lo que no sabía yo es que el gordo cabrón iba a Melaka, que está algo así como a tres mil millones de años luz de Kuala Lumpur. Y encima me perdí nada más arrancar. Menos mal que, después de tres cuartos de hora, apareció un policía y él me indicó cómo salir de la rotonda.

A estas alturas del informe te preguntarás cómo me las arreglo tan bien para entenderme si en el informe anterior la comunicación malayo-yo yo-malayo era un desastre. Con mi desarrolladísimo sentido de la percepción sensorial, me di cuenta de que hablan igual que mi hermano pequeño cuando intenta contarte lo bien que lo pasó jugando en el parque mientras engulle un bocadillo de Nocilla. Corto y perezoso, pero impelido por la necesidad, me compré un tarro de kilo y medio más un 33% gratis y una barra de pan de molde. Cada vez que quiero entenderme con alguien, me meto una rebanada untada hasta las cachas en la boca y la comunicación fluye como un pote de judías verdes por el tracto digestivo.

Siete horas de carrera más tarde, mientras me cagaba entre agónicos estertores pulmonares en el inventor de la Nocilla y en la Real Academia Malaya de la Lengua, llegábamos a Melaka, el simio obeso y yo. Me dio un dólar de propina y, mientras él se despedía sonriéndome sin parar: “Zenkiu, zenkiu, zenkiu…”, yo le decía en un perfecto castellano que se lo podía empujar recto arriba hasta que los nudillos le hicieran tope.

Intenté encontrar la forma de volver a la capital, pero anochecía ya y busqué acomodo. Allí mismo, al otro lado de la plaza, había un sitio con buena pinta. Cuando entré, el poco bullicio que había en el hall desapareció por completo y vi que el recepcionista me miraba con los ojos demasiado abiertos para ser un oriental. Cuando me dijo el precio de una habitación individual con baño, torné mi gallarda figura hacia la puerta y salí por ella sin perder un ápice de la hidalga compostura que me caracteriza. La madre que lo parió, tendría que haber llevado al orangután yankee hasta Laponia para poder pagarme una noche en ese cuchitril. Pero, como bien sabemos los superhéroes, la venganza es un plato que se sirve frío. Me quedaré con el nombre del antro grabado en mi memoria y, cuando el destino, caprichoso él, tenga a bien volver a cruzar nuestros caminos, seré yo quien se ría de ellos. Tuve que separarme un poco, pues el letrerito quedaba un pelín alto. Tres manzanas más allá por fin conseguí leerlo sin que me crujieran las cervicales: “Princess Bay Port Hilton Malaysian Luxury Excelsior”. Que se preparen….

Bajé toda la calle hacia lo que parecía un mercadillo nocturno que estaba especialmente animado, para ser las 3 de la mañana. Un corrillo de gente gritaba señalando al alfeizar de una ventana mientras mujeres, ancianos y niños huían despavoridos. Cuando me acerqué a ofrecer mis inestimables superpoderes a la afligida muchedumbre, observé que sobre el alfeizar reposaba un pequeño jilguero, de tonos que iban del fucsia al azul eléctrico y que piaba como los ángeles, a pesar de que era obvio que acababa de caerse en un charco de aceite. Pobres infelices, pensé, su escuálida constitución física les hace temer hasta al más inocente de los pajarillos. Con un joven de rostro desencajado tratando de impedirme el paso y tres plañideras colgando de mi lustrosa capa, me acerqué al lugar donde se encontraba el jilguero, aparentemente ajeno a aquel revuelo. Cuando me detuve allí y dije “pio pio”, mis cuatro rémoras enmudecieron, me miraron fijamente, miraron al jilguero y desaparecieron dejando una nubecilla de polvo tras de sí. Algo parecido le sucedió al resto de la marabunta, los cuales se apelotonaban tras el recodo de la callejuela y asomaban vagamente un ojo. Jaja, pobrecillos, pensé, a saber los cuentos con que las mamás asustan por estos lares a los niños que no quieren tomar la sopa. En medio de aquel silencio, sólo interrumpido por el tierno gorjeo de nuestro amigo alado, alcé mi mano hacia el jilguero, ofreciéndole apoyo a sus patitas en mi dedo índice, y le llamé. “Cuchi cuchi”. Esta vez fue el jilguero el que enmudeció y me miró fijamente.

Lo que sucedió a continuación me lo llevaré a la tumba. Aún pretendo que la Marvel glose mis heroicas aventuras en una serie de cómics de corte oscuro y expresionista. Anotar simplemente dos cosillas:
1 – Procurarme un traje de malla para meter debajo de mi traje de superhéroe.
2 – La comadreja malaya de hocico chato (comadrejis malayis morrusrrasus) se alimenta de jilgueros fucsiazules (jilguerus aceitosus). No quiero estar a menos de 20 kilómetros de una de esas comadrejas en lo que me quede de vida.

Cuando desperté ya me encontraba aquí, tumbadito en uno de esos cajones con carriles de sala de autopsias. Según el reloj de la pared, llevo aquí 6 días. La puerta de la sala está cerrada con llave y hay un pestazo aquí que no hay quien pare. Hará unos tres días que recuperé la consciencia. Aporreé la puerta gritando con todas mis fuerzas, pero no pasaba nada. De vez en cuando veía a un vigilante, pero ni cuenta se daba de mis insistentes llamamientos de atención. Al día siguiente, pegando la oreja bien al conducto de ventilación oí comentar lo del accidente de la motocicleta que se empotró contra un puestecito de fruta. Parece ser que medió la diosa Fortuna y sólo hubo 72 muertos y un par de cientos de heridos de diversa consideración, a decir de los galenos. Como la camioneta que llevaba a los fallecidos al tanatorio pasó por la calle donde yo yacía tras mi desafortunado lance avícola, me subieron al montón y aquí vine a parar. El hecho de estar atrapado se debe a que había veintitantos leprosos en el cargamento y nos tienen en cuarentena. Ayer por la noche por fin conseguí que el vigilante me viese cuando estaba pegado al ventanuco de la puerta chillando y aporreando la puerta como un descosido. Jamás pensé que las leyes de la física permitieran semejantes muecas en una cara ni correr tan rápido por un pasillo. Hoy ha venido otro vigilante.

Bueno, he puesto en marcha todas mis supercapacidades suprahumanas y, como mucho, en 34 días conseguiré salir de aquí. Según lo haga, te enviaré el presente informe y seguiré mis pesquisas. Intuyo que nos vamos acercando…

miércoles, 15 de junio de 2005

La sombra de Sandokán es alargada (2)

Derrotado por una camiseta barata de supermercado, a pesar de pasarme toda la tarde del sábado tumbado en la cama, con la vista fija en el gotelé de la pared, sin que se me iluminara la mente acerca del intrínseco significado de la maldita frase camiseteril, me decidí finalmente a pedir ayuda. Salí a la terraza a medianoche y prendí el potente foco que utilizaba para los apuros. Una F gigante dentro de un círculo iluminó el cielo. Diecisiete minutos después, una Renault Kangoo clavaba las ruedas en el asfalto hasta frenar contra la cabina telefónica. Una veloz sombra salía de ella y se metía en el contenedor de basuras, ya que la cabina telefónica había quedado destrozada y la sombra no pudo abrir la puerta por más que lo intentó. Tres meneos del contenedor más tarde, salió de un grácil salto y se plantó bajo la intermitente farola de la esquina, brazos en jarra, capa al viento y observándome desafiante a través del antifaz. Yo le miré incrédulo.
- ¿Por qué montas este cirio cada vez que te llamo, si vives en el tercero?
- Por la misma razón por la que tú no me picas al timbre, gilipollas.

Ya en casa, puse a Falomán en antecedentes del caso. Sin dejarme apenas explicarle las cuatro cosas que ya he contado aquí, me dijo que había que ponerse manos a la obra sin más demora, que no había nada como trabajar sobre el propio terreno, que partía para Malasia ya y que le diera un pasaporte diplomático y 100.000 dólares para los gastos. Ante mi contraoferta de un bocadillo de calamares en Casa Paco cuando volviera, me tendió la mano y bramó “¡hepfcho!”, entre saltarinas migas de las pastitas de té a las que le había invitado.

Tres semanas más tarde, recibí el siguiente informe:

Registro de la Superintendencia Primera de la Autoridad Portuaria
Kuala Lumpur
12:43 horas

Después de estar desde las 7:24 horas (toda la p**a mañana) preguntando a todo aquel que se movía “¿laibrari, laibrari?”, he llegado a este infecto edificio aduanero a base de seguir los dedos índices, y corazón algunas veces, de mis interlocutores. El responsable del garito me ha dicho que aquí no hay biblioteca que valga, que lo que pasa es que me han mandado al puerto porque, como la gente no entendía nada de lo que yo decía, probablemente pensaron que me habían dado permiso para salir de fulanas en un barco maderero y no sabía volver. Esta sospecha parece ser que se vio acrecentada por el hecho de que yo porte mi vistoso traje de superhéroe, ya que es tradición entre los marineros salir del barco con los calzoncillos de repuesto por fuera del pantalón, pues es la única forma de conservarlos limpios a la vez que se evita el robo de tan preciada prenda por parte de desalmados compañeros de travesía aprovechando la ausencia del legítimo dueño. Una mirada por la ventana me acaba de confirmar este extremo, ya que de la marabunta de gente sólo he podido identificar a tres como superhéroes (entre ellos, Capitán Guayominí, ese pedante inglés…).

Continuaré mis pesquisas en cuanto me den el alta en la enfermería, ya que me están suturando el botellazo que esa rata borracha de oficina me ha dado en la cabeza cuando me despedí de él con un “gracias, muy amable”. Parece ser que la expresión malaya “jrafi ashmu yamab le” significa no sé qué de tu hermana.

Seguiré informando.

lunes, 13 de junio de 2005

La sombra de Sandokán es alargada (1)

Las grandes superficies de hoy en día son uno de los mejores lugares posibles para la reflexión. La falta de atención al cliente, probablemente motivada por la falta de personal dedicado a la atención al cliente, permite que uno se pueda parar a pensar sin que le asalten a los dos segundos intentando venderte algo. Es algo que los alelados como yo agradecemos en el alma, eso de que te dejen un rato a tu aire mientras miras al infinito babeando sin motivo aparente. Y es que el otro día me quedé según describo frente al estante de ropa del Caprabo. Mis ojos intentaban filtrar la información de forma que mi cerebro pudiese procesarla, pero no acababa de conseguirlo. No, no se trataba de un vestido de Agatha Ruiz de la Prada (no habría aguantado los veinte segundos que ya llevaba allí sin sufrir un cortocircuito neuronal), pero tampoco era algo del todo normal. ¿Atractivo? Sin duda, ya llevaba treinta segundos mirándolo sin pestañear.

Se trataba de un polo de manga larga, arlequinado, en colores granate y mostaza con las mangas azul marino y el cuello blanco. Hasta aquí todo relativamente normal, si es que se puede considerar normal un arlequinado granate y mostaza (lo digo con conocimiento de causa, soy dueño de una camiseta del Galatasaray con el número 11). Lo que me resultó completamente alucinante era la leyenda que lucía en el pecho: “Fair Play & Riding Club Kuala Lumpur”. ¿Ein?¿Mande? Hoy día estamos acostumbrados a leer de todo en las pecheras de la gente, desde el recurrido y no menos atinado “Joé, que caló” hasta “I fuck on the first date” (esperemos que el público infantil aún no sepa leer inglés). Pero no alcanzaba a comprender el mensaje que se me mostraba en este caso. Juego Limpio y Club de Monta Kuala Lumpur… Juego Limpio y Club de Monta Kuala Lumpur...... Nada, seguía careciendo de sentido. Sin embargo, esto encendió de nuevo la chispa de mi alma de ratón de biblioteca. Una vez recobrado del shock, me conjuré para encontrarle un sentido, removiendo los cimientos de la Enciclopedia Británica si fuese menester, a aquella frase que desafiaba a mi intelecto. A mi no me derrota ninguna camiseta barata de supermercado.

martes, 7 de junio de 2005

I feel good...nananaranaraná

Hace un calor de muerte, la Infanta sigue pariendo como una coneja, no reconozco a la selección española, en Mayo gasté un 116 % más de lo que cobré, me duele un tobillo y descubro que la Nasa roba mis discos de cumbia…

Y sin embargo…………………………………………soy feliz.

Sonríe más

viernes, 3 de junio de 2005

Las increibles aventuras de Faloman

Después de dejar en su lugar de entrega los recados que le había dejado en la furgoneta aquella rata de oficina que disfrutaba haciéndole la vida imposible, Falo-man se detuvo un rato al arrullo del agua de una alcantarilla en el centro más turístico y degradado de aquella maldita ciudad. Los hombres se alejaban de él al pasar, mientras una banda de chicas de bolso y otrora buen ver se acercaba al olor a merluza rancia que despedía, pensando en las posibilidades de negocio que ello implicaba. En ese momento maldijo las circunstancias que le habían llevado a convertirse en el más cutre superhéroe. Pero él seguía convencido de que un día salvaría a la humanidad. Bueno, a la mitad de ella, a la otra mitad la odiaba a muerte y ojalá se pudrieran todos en el infierno sin visitas de Virgilio y compañía ni nada. Ese sería un gran día y todas las miserias que soportaba habrían valido entonces la pena.

La mala estrella quiso que su padre fuera farero y su mejor amigo de juventud, chino. Una tarde de verano, sentados en el parque de aquel pueblecito costero del Sur, sus amigos comían pipas aburridos y las palomas se apelotonaban al rumor de las cáscaras en el suelo. Fue entonces cuando el perro de la Señora Engracia, aquel enorme pastor alemán, entró corriendo en la nube de aladas alimañas para espantarlas. Una y otra vez, embistiendo el aire sin parar. Ahí, nuestro héroe vio la oportunidad de sacar a relucir su entusiasta y poco bien ponderado arte del toreo. Pañuelo moquero en mano, lucía sus mejores chicuelinas y pases de pecho ante aquel mihura ladrador de invisibles y puntiagudas astas. Su mejor amigo, henchido de furor sureño y acento oriental, empezó a gritar a los cuatro vientos: "¡ELES EL MÁS GLANDE!¡VIVA EL NIÑO DEL FALO!". Demasiados amigos alrededor con tanta coña como buena memoria. Demasiados, digo, como para que no naciese en aquel momento la leyenda de Falo-man...

jueves, 26 de mayo de 2005

El eclipse de sol en el cuartel

Hace unos días me puse a divagar acerca del hecho probado de que los mensajes pierden información y coherencia en proporción directa al número de intermediarios. Pero no sabemos si se cumple también la propiedad reflexiva (la transitiva está más que demostrada, no hay más que leer los periódicos). Pasé a la acción. Escogí al azar (contradictoriamente) un texto de una revista que tenía a mano. Mi plan era coger ese texto, leerlo, escribirlo en otro papel y guardar el primero en un cajón bajo llave. Haría esa misma operación todos los días. Al final, comprobaría las diferencias entre el primero y el último. Acordé conmigo mismo (soy fácil de convencer) realizar la operación a lo largo de dos semanas.

Todos los días, antes de acostarme, cogía el papel del día anterior, lo leía, lo escribía en otro papel y guardaba el primero en el cajón. Así una y otra vez. Finalmente, un jueves a las 10 de la noche leí en voz alta el texto original: “El ayuntamiento de Zonganilla comprende 14 núcleos poblados repartidos a lo largo del valle de su mismo nombre, conformando un bello paisaje donde las fértiles vegas parecen hacerle la corte al majestuoso curso del río”. A continuación, leí lo que había escrito hacía no más de dos minutos: “Mi pimiento es amarillo”.

martes, 17 de mayo de 2005

Estamos preparados para tí

Madrid, 17 de Mayo de 2005
Buenos y legañosos días. Sé que me estoy poniendo el listón altísimo a base de escribir algo todos los días (falta un suspiro para que me tire un mes sin escribir nada... y si no, al tiempo). Sin embargo lo de hoy no tiene especial mérito. Lo escribí hace ya unos tres meses, mientras comentaba con un amigo, via mail, la cacareada combustión espontánea del edificio Windsor de Madrid y cómo constituía una losa sobre las posibilidades de Madrid de albergar los Juegos Olímpicos de 2012 (año que, mientras no se demuestre lo contrario, no existe, sólo se basa en endebles rectas de regresión aritmética). Transcribo aquí mi opinión de aquellos días:
“Estamos preparados para ti”

Este es el lema que reza desde hace un mes en todos los paneles informativos de los andenes del Metro (y gracias a los cuales no podemos saber cuánto tiempo falta para que llegue el próximo tren). La cosa es que ayer, viniendo en el metro a trabajar, me puse a ojear el periódico del individuo que me estaba clavando el codo en el hígado y leí unas de las declaraciones más estúpidas desde la última vez que Llamazares abrió la boca. El Alcalde de Madrid, ante las dudas que el incendio del edificio Windsor ha creado sobre la candidatura de Madrid a los JJ.OO., proclamaba: “Lo que hemos demostrado es que estamos perfectamente preparados para afrontar situaciones de emergencia”.

A mí me encantaría que los JJ.OO. vinieran a Madrid, daría un brazo y una semana de mis vacaciones por ver las pruebas de piragüismo en directo. Pero también he de reconocer que no me lleva la pasión y conservo aún cierta perspectiva de miras. A ojos de los comisarios del Comité Olímpico Internacional, lo que el alcalde de Madrid quiso decir fue: “Estamos perfectamente capacitados para dejar que un rascacielos de 31 plantas se queme hasta los cimientos y cuatro municipales pongan una cinta de árbol a farola y de farola a árbol que ponga /// policía municipal /// no pasar /// policía municipal /// no pasar”. Parece ser que es un logro que sólo hubiese 7 heridos leves. Si un edificio de oficinas se quema un sábado a medianoche, es de esperar que no haya nadie más que los tres guardas de seguridad de turno (dos jugando al tute arrastrao y el otro dormitando con el Penthouse sobre las piernas). Los 7 heridos fueron los 7 bomberos altamente cualificados que entraron a ver qué se cocía y casi se cuecen ellos. Y a partir de ahí, el superdispositivo de seguridad consiste en rezar para que el viento no tire el edificio, que resiste gracias a que sus vigas de hormigón no se quemaron (que levante la mano el que haya visto alguna vez arder el hormigón) y en llamar a los telefonillos de todos los edificios de alrededor para que la gente salga de casa por si se cae el rascacielos sobre ellos. Claro, si esto pasa en Burkina Faso, la policía tendría que haber aporreado puerta por puerta y si se cae el edificio hay 372 muertos. Resumiendo, nuestros dispositivos de seguridad están a años luz de los de Burkina Faso porque tenemos telefonillos en las casas.

Ya lo estoy viendo, construiremos un pedazo de estadio olímpico de la madre que lo parió con vomitorios lo suficientemente anchos como para desalojarlo en diez minutos y dotaremos de telefonillos de última generación a todas las viviendas circundantes, de forma que cuando el Ultra Sur de turno prenda una bengala, en vez de apagarla y darle una paliza al individuo camino del calabozo, salgan los 80.000 espectadores a la calle a ver el majestuoso incendio por senderos perfectamente marcados con cinta por la policía municipal. Mientras tanto, Protección Civil irá llamando a todos los telefonillos para que los habitantes del barrio puedan salir también a admirar el espectáculo en la explanada habilitada al efecto, a la cual irán llegando también miles y miles de curiosos. Todos podrán ser testigos de una flamígera hecatombe sólo comparable a la disfrutada por los ínclitos ciudadanos de la Roma de Nerón, con la diferencia de que a la salida del metro ya se podrán comprar camisetas y gorras con el lema “Yo estaba allí”. Y cuando las llamas estén en su apogeo, entre explosiones de tuberías de gas y ensordecedores desplomes de cemento, nuestro excelentísimo alcalde subirá a una tribuna y ante los micrófonos y cámaras del mundo entero, aullará brazos en alto y henchido de gozo:

“¡¡¡ CITIUS... ALTIUS… FORTIUS… !!!”

lunes, 16 de mayo de 2005

Mi ego y yo

Madrid, 16 de Mayo de 2005

Cautivo y desarmado el ejérrrcito rojo…

Siempre quise empezar así los exámenes en la universidad, pero me vencía la responsabilidad. Nunca lo hice y yo me escudaba en que, claro, como no caían en 1 de Abril, pues la coyuntura no era la más propicia para la gracia histórica. También pienso que qué coño responsabilidad me vencería a mí cuando nunca pasaba del 1’75, pero mi alma cándida no perdía la esperanza de hacer algún día el examen perfecto, aquel que hiciera palidecer de envidia a mis compañeros cuando la profesora, alzando a la vista de todos el manojo de folios primorosamente caligrafiados por mi afilada pluma, dijese que jamás había visto semejante compendio de conocimiento sobre el tema en cuestión. Incluso yo llevaba siempre en el bolsillo unas gafas grandes y redondas para poder ponérmelas en el momento en el que toda la clase se girara hacia mí con las ganas de soltarme una bofetada escritas en el entrecejo. Levantaría una ceja y pondría el morro como para pronunciar “Lulú”. Y así, endiosado, convertirme en el empollón pelota asqueroso más asqueroso del mundo mundial. Sin embargo, la ineptitud del profesorado jamás permitió que mis teorías (obviamente fuera del alcance de mentes tan cuadriculadas como pueriles) fuesen premiadas en su justa medida. Algún día escribiré aquí por qué los babilonios no utilizaban la rueda en la vida civil.

Todo esto viene a que me he dado cuenta de que en mi anotación anterior del diario puse que el mundial del 2006 iba a ser en Italia. Todo el mundo sabe, al igual que yo, que el mundial será en Alemania (…¿el mundial de qué, el mundial de qué?...). El de fútbol, cuál va a ser, el resto de deportes sólo existen los 15 días de las Olimpiadas para poder justificar las subvenciones estatales. [NOTA: este es mi típico comentario polemista. Me encanta sembrar cizaña. Otro día escribiré de deportes]. Bueno, a lo que iba. Nadie ha escrito sobándome el error por mis narices. Se abren aquí varias posibilidades:

1) Nadie se ha dado cuenta, puesto que los verdaderos aficionados al fútbol no leen.
2) Sí se han dado cuenta, pero mi inteligencia superior les cohíbe a la hora de intentar corregirme un supuesto error que, como todo el mundo sospecha, estaba puesto con intención para probar a los potenciales lectores.
3) Nadie lee lo que escribo.

Mi ego se aferra a la número 2, pero el sentido común apunta a la 3. La 1 está puesta de nuevo sólo para molestar.

Tampoco querría acabar mi página de hoy sin dejar claro que esto se trata de un diario. Se supone que son anotaciones íntimas abiertas sólo a los fetichistas, en caso de que uno tenga la desdicha de morir pobre y artista, y a las amantes cotillas si uno es el Dorian Gray de nuestros días. Así pues, no quiero terminar sin dar fe de otros sentimientos que me han asaltado hoy:
- Alejandro Sanz canta como el culo.
- Bebe canta peor que Alejandro Sanz.
- Viva yo.

viernes, 13 de mayo de 2005

Hoy estoy preocupado

Madrid, 13 de Mayo de 2005
Hoy estoy preocupado. No, no es por el incidente de ayer en la cola de la pescadería. Al fin y al cabo, que las jubiladas se te intenten colar con tal de dejarte a ti las sardinas chungas que vienen machacadas en la parte inferior de la caja es el pan nuestro de cada día. Además ya me comentó el médico esta mañana que tiene buena pinta y que los hierros me los quitarán en un par de meses. No, es algo más serio: creo que me estoy convirtiendo en ultraderechista.

Anoche casi no pude dormir pensando en ello. Como ya me lo olía, cuando me acosté puse la tele chiquitina para ver si la canción de los Lunnis me amodorraba. Aún así, creo recordar que no pegué ojo hasta la segunda estrofa. Y esta mañana, al contrario de lo habitual, me levanté como un resorte, aún sudoroso, al tercer manotazo al radio despertador. Si es que hasta me dio tiempo a coger el tren de las 11:38 hacia la oficina. Un sinvivir.

¿Y por qué esta absurda, a priori, idea me concome noche y día? Por un cúmulo de circunstancias, pero que se manifiestan en los tres puntos fundamentales del pensamiento social: Político, económico y religioso.

1 – POLÍTICO: Lo primero fue escuchar en la radio las declaraciones del rey en Italia: “Yo no soy rey de Bélgica, soy Rey de España”. Ole, con dos cojones. Y yo me imaginaba a los italianos que le preguntaban malintencionadamente mascullando entre dientes, rojos de ira, porque el afable monarca no les seguía el juego desestabilizador que pretendían iniciar, sin más fin que minarnos la moral para poder jodernos en el mundial de Italia del 2006. Hala, que intenten llamar a del Piero para que se lo solucione en el minuto 90 con un gol de rebote. 1-0 para nuestro bienamado Jefe del Estado y padre de la Patria (mierda… es más grave de lo que pensaba).
Esto le redime de intentar robarle protagonismo a Fernando Alonso en Montmeló anunciando a bombo y platillo dos horas antes de la carrera que iba a tener otro nieto. Llevábamos 36 años esperando a que una princesa se quedase embarazada en este país… podíamos haber aguantado un día más, creo yo. Pero bueno, que me empieza a caer simpático, el rey (por cierto, la única persona de este país que, en vez de celebrar su santo, celebra su onomástica). Soy un preconvencido monárquico.

2 – ECONÓMICO: Me he convertido en un capitalista ultraortodoxo. Esto sí que no es una sospecha, se ha convertido en palpable realidad. Pero no es que yo escriba ensayos sobre la locura que supone financiar la creación de infraestructuras de empleo con cargo a la deuda del Estado, no. Peor aún: juego todos los viernes al EuroMillón. A grandes rasgos, el comunismo es una especie de Bosque de Sherwood con la gente muy seria dando palmas a ritmo. Les quitan el dinero a los ricos y lo reparten entre los pobres. Los ricos, que son quienes también hacen el reparto, se aseguran la perdurabilidad del sistema repartiendo de forma que ellos no dejen de ser ricos ni los pobres dejen de ser pobres. Así siempre seguirán existiendo los dos polos del desarrollo del sistema.
Pero en la Europa Occidental nos hemos inventado el sistema contrario, el anticomunismo por antonomasia. Les quitas el dinero a todos los pobres y se lo das a un nuevo rico. Dos euros a este, otros dos a éste, dos al de más allá y el viernes por la noche le damos 32 millones a alguien para que se los gaste sin conocimiento ni medida. Y yo soy copartícipe de todo ello. Es más, cuando pongo mis dos euros para el chanchullo, babeo sólo con pensar que voy a ser yo el que les robe la moneda gorda a todos los europeos (para más señas, mis bienamados convecinos).
Entonces me compraré un Mercedes descapotable, tres o cuatro chicas del mes de Playboy (aquí tendré que echar cuentas: si me compro un Ferrari es posible que consiga las chicas gratis, todo está en calcular si el aumento en el gasto automotriz compensa el caché de las conejis), y una mansión de proporciones inmorales junto a la de Abramovich. Así estaremos juntitos todos los ricos que nos hemos mudado de la izquierda más militante a la cómoda derecha occidental. Porque Abramovich no es tonto. Si eres rico en un país comunista tienes que hacer el reparto, para lo cual tienes que maquinar, para lo cual necesitas sostenerte a base de traficar con armas y petróleo, etc… y es un coñazo, cansa mucho estar pensando todo el día. En Occidente, la maquinaria de maquinar se retroalimenta, así que sólo hay que tener a gente que le haga el mantenimiento por 600 € al mes. Ello te deja un montón de tiempo libre para traficar (que es lo verdaderamente divertido), pero en vez de hacerlo con armas y petróleo, que está muy mal visto y, además, de ello ya se encarga la Casa Blanca, se puede hacer con futbolistas. Te compras un equipito y hala, ya sólo tienes que preocuparte de ensayar el discursito de “no ganar la Champions tampoco lo considero un fracaso”.

3 – RELIGIOSO: reconozco que toda la fiesta por la muerte del Papa me ha afectado. Puede parecer irreverente el término fiesta aplicado a este caso, pero juntar 400.000 personas apretaditas en un mismo lugar sólo se hace para gasearlos o para hacer fiesta. Hombre, puestos a ser malpensados, también es posible que intentaran un suicidio colectivo junto con su moribundo guía espiritual, en plan secta bananera, pero el camarlengo ya está mayor y no tuvo la fuerza suficiente para girar la espita del gas mostaza y por eso sólo alcanzó para que a la primera fila le lloraran los ojos y al resto les diera por sacar una guitarra y cantar. Y claro, una vez comprobado el fracaso del plan, pues hubo que disimular como que en realidad todo aquello era para escoger a otro nuevo gurú y con las prisas y la improvisación acabó saliendo uno feo y alemán. Pero bueno, como pocas veces me dejo aconsejar por el diablillo de mi hombro izquierdo, voy a pensar que estaban de fiesta.
Pues a lo que iba… que estoy empezando a admirar a este tío. Es más, su figura se me hace tan atractiva que estoy pensando en dejar de ser animista y convertirme a la verdadera fe para poder llegar a ser el azote de los perros infieles. En el fondo, quiero purificarme hasta ser como él. Quiero poder ir vestido de niña de primera comunión, llamarme Benedicto y pasearme en un pastel de nata con ruedas sin que la gente se parta el culo de risa a mi paso. Y eso sin contar que sería infalible. Un día te levantas travieso y sueltas en un encíclica que 3+2 son 7 y la que lías. Habría que cambiar desde el tratado de arquitectura de Vitrubio hasta las rimas más populares. Cágate. ¡¡¡TOTUS TUUS!!!

Y ahora que lo pienso, si voy a ser un Papa millonario dueño del Chelsea… ¿a quién coño le importa lo que diga el rey?